En el discurso

Un problema que se da claramente entre estos lenguajes es el paso de uno a otro, es decir su transcodificación, donde se pretende realizar una selección de equivalencias semánticas óptimas en un repertorio sígnico, operación que en ambos sentidos se vuelve muy compleja, porque nos llegamos a encontrar signos que en un lenguaje son demasiado digitales y en el otro son demasiado analógicos, por lo que para lograr cierta equivalencia, tenemos que utilizar la creatividad. En algunos momentos nos veremos en la necesidad de incorporar a esta complejidad a otro lenguaje, que nos acerque a la solución. Ambos lenguajes se encuentran unidos en algunas representaciones, mensaje escripto-icónicos que se interrelacionan pero en los cuales, ni sus funciones ni sus articulaciones son rígidas, ni inamovibles, como en el libro ilustrado, en el cómic, etc. En estos textos bi-codificados, Roland Barthes[6]encuentra dos funciones la del anclaje y la de relé(o de conmutación); la función del anclaje es en donde el lenguaje escrito reduce la polisemia del lenguaje visual, determinando su sentido y orientando su lectura. La función del relé (o de conmutación) aparece cuando el lenguaje escrito complementa al lenguaje visual en una función narrativa, en ambos casos el significado será desarrollado por un lector, quien establecerá su propia interpretación del texto.

Nuestros antecesores hicieron una conversión de la imagen en un signo de escritura pictográfico. En la escritura jeroglífica que puede definirse como un método para transmitir la información con símbolos visibles, la escritura es la vez icónica y lingüística ya que sus significantes son icónicos y sus significados poseen ya un estatuto lingüístico; además, por esta naturaleza icónico-semántica, puede ser leída con distintas palabras y producir distintas interpretaciones, es una escritura flexible que permite una relación textual más amplia y en donde lo ilegible se presenta constantemente como una imposibilidad de controlar un sentido absoluto. Se presenta en un sentido legible de lo ilegible mediante planos múltiples de lectura, ya que las combinaciones icónico-semánticas pueden presentarse en distintos órdenes y en distintos tiempos.

Toda representación icónica es signo de una ausencia, la del objeto o sujeto representado y al que intentan sustituir simbólicamente. El origen pictórico de estas representaciones se dio en una etapa semiótica de seguridad, donde el objeto se encuentra en la etapa de actualidad sígnica (lo que Pierce llamó índice), “estas representaciones son intermediarias entre el percepto y el concepto”[7] , por lo que el signo se convierte desde su origen icónico en mediador al representar la experiencia visual del mundo de los objetos , en la mente de los sujetos.

El lenguaje nos permitió tener relación con las cosas aún en ausencia de ellas, tomando en cuenta una ausencia física ya que se da cierta presencia, pero a nivel conceptual. Esta capacidad del lenguaje se refuerza en la comunicación icónica puesto que se utilizan representaciones más sensitivas derivadas de la percepción visual, que desarrollan la capacidad imaginativa en la que no es necesario el contacto directo con el objeto representado. Por lo que toda representación icónica es la simbolización de un referente (con pretensiones reales o imaginarias) mediante configuraciones artificiales, que pretenden sustituirlo en el plano de la significación y le dan posibilidades comunicativas, en una especie de renacer de los objetos donde es claro que no se sustituye perfectamente al objeto , sino sólo se le representa; la representación significa la evocación de un original ausente (no presente) , en una recreación simbólica de invención humana. La imagen icónica es un producto simbólico humano, que se rige por códigos culturales , en la que se requieren lectores activos para decodificarla e interpretarla; los símbolos icónicos están codificados culturalmente , según las normas y usos de cada cultura con ciertas pretensiones generales .