En el discurso

En la percepción visual el sujeto tiende siempre a organizar y a generalizar las imágenes que percibe, inducidas por su experiencia; la experiencia perceptual acumulada obliga al sujeto a atribuir una serie de características que supone serán permanentes en aquellos objetos que percibirá dignos de relacionarlos con su experiencia, aunque existan algunas modificaciones visuales tales como el tamaño, la iluminación, la posición el enfoque, etc. Él podrá establecer una percepción que en principio para el propio sujeto será correcta, logrando el reconocimiento del objeto.

Esta notable reducción entre la verdadera capacidad ocular y el manejo de los catálogos tonales, se debe a que en la práctica perceptiva cotidiana occidental, sólo manejamos 250 tonalidades distintas, nuestra percepción se ve limitada a nuestra experiencia y a nuestras necesidades de sentido. Un ejemplo muy claro es el color de la nieve; si a cualquiera de nosotros nos preguntarán de que color percibes la nieve, nos referiríamos sin dudar un solo momento, al color blanco, pero si después nos preguntaran de cuál color blanco, entonces responderíamos ¿cómo que de cuál blanco?, si sólo hay un blanco, que es lo que nos dirige a percibir nuestra experiencia. Pero en las zonas polares tienen por lo menos diez denominaciones, por lo tanto diez percepciones para el color blanco.

Continuando con estos ejemplos de percepción visual podríamos hablar de lo que se conoce comúnmente como ilusión óptica. “La ilusión óptica es una apreciación perceptual que sistemáticamente no está en armonía con el tamaño, formato, configuración, posición o color del objeto que da origen a la percepción.”[3]

Algunas de estas ilusiones ópticas son determinadas por experiencias culturales previas del sujeto. Un ejemplo claro y sencillo lo tenemos en las representaciones de volúmenes y de profundidades por medios icónicos bidimensionales, que se perciben a partir de una serie de ilusiones perceptivas, pues intentan representar una realidad tridimensional simulada sobre una superficie bidimensional, plana, de ahí las ilusiones ópticas generadas por nuestra cultura; la primera vez que observa este tipo de objetos es muy posible que sólo observemos una serie de líneas que se entrelazan y se cruzan. En el momento que aprendemos como dirigir nuestras percepciones, entonces encontramos el objeto que nuestra cultura nos impone percibir, como ejemplo tenemos el cubo de Necker, el cual representa un cubo transparente de profundidad inestable.

Por otro lado, es interesante el darse cuenta de la importancia que tiene nuestro contexto cultural, para lograr percibir una imagen , por ejemplo en el caso de los objetos imposibles, donde reconocemos ontológicamente su imposibilidad por su carencia de referente “real” , pero esto no nos impide el poder nombrarlos o representarlos icónicamente. La percepción de estos objetos es llevada a concebir sólo lo que le basta, para entender que son imposibles, que no pueden ser reales, pero sí realizables. La primera percepción nos hace pensar mediante un juicio perceptivo que es una figura posible, pero cuando continuamos estableciendo las relaciones espaciales con los cánones de nuestra experiencia perceptual, no encontramos el cómo poder decir verazmente que es un objeto posible, por lo menos en nuestro mundo objetual ahora conocido, pero si podemos hacer referencias claras a esta figura, y no sólo eso sino que puedo observarla al grado de encontrar su sistema de producción, sus esquemas básicos y tratar de reproducirla.