La imagen especular tampoco es una huella, ya que el signo de huella remite a un contenido general, y nos dice algo cuando subsiste como rastro material en ausencia del impresor, lo que en el espejo no puede suceder ya que esta ausencia no es posible, sin el espectador no hay imagen.
La televisión, tomando en cuenta el concepto más puro de televisión (circuito cerrado), es un espejo electrónico, que funciona también como una prótesis, en este caso magnificante. Pero la imagen televisiva presenta claras diferencias con la imagen especular, en primer lugar es de dimensiones diferentes al objeto real, tiene una escasa definición, las imágenes están invertidas y no podemos mirarlas desde un lado, como podría hacerse frente a un espejo, es por eso que Eco llama a estas imágenes para-especulares.
Las imágenes para-especulares nos producen estímulos a través de una prótesis, tanto, como la percepción del objeto real; si por alguna razón estos estímulos virtuales nos ofrecieran algo menos definido que el estímulo del objeto real, entonces serían estímulos sucedáneos. Umberto Eco para justificar un poco su opinión nos dice que ante la imagen televisiva nos acercamos con una actitud franca de confianza, donde en ningún momento aparece la incredulidad; en cambio, cualquier persona desconfía de los signos, siempre hay una duda de su veracidad, en cambio la confianza en la televisión pura, es total ya que solo nos ofrece estímulos perceptivos y no signos. La televisión se vuelve tan solo un canal. En cambio las fotografías o las películas ya son objetos materiales en si mismos, que pueden o no identificarse con el objeto representado, y por ello estas imágenes si se consideran signos; además cuando estamos frente a una fotografía o una película nos pueden llevar a una redefinición de nuestros hipoiconos.
Las representaciones fotográficas nos ofrecen sucedáneos de estímulos perceptivos, por ser una representación hiperrealista. Otro ejemplo que maneja Eco, es el teatro, en el que antes de comprender el significado de la obra, es necesario que nuestros mecanismos de percepción se pongan en marcha ante los objetos reales que se nos presentan en la escena, recibiendo con ello estímulos muy poderosos. En la percepción, antes de percibir un signo como signo de algo, percibimos un conjunto de estímulos que crean el efecto de estar ante el objeto, como por ejemplo en las revistas de modelos o en las pornográficas, donde los estímulos sucedáneos nos inducen a la creación de hipoiconos que no existen en nuestra realidad, en este efecto a imagen se vuelve secundaria, lo más importante es la fantasía.
Al intentar analizar los signos icónicos en términos morfológicos o gramaticales, en donde se intenta descomponer el signo en los elementos mínimos que lo componen, se tiende al fracaso. Por ejemplo en una pintura el hipoicono remite a un contenido, donde los elementos plásticos mantienen una estrecha relación entre sí, si la analizamos de manera seccionada o analizamos solo una parte, solo podríamos mantener su iconismo siempre y cuando la imagen siga siendo perceptible en su totalidad, representando un grado mínimo para que cualquier estímulo, funcionando como sucedáneo; lo cual es muy difícil. Cuanto más baja sea la definición y cuanto más desconocido sea el objeto, el proceso referencial deberá ser mayor, para llegar al signo.

