En el discurso

En la pintura el espectro no muere, está siempre por (re)aparecer. Al crear o recrear una obra se aleja al espectro para ir de nuevo en su búsqueda y así seguir constantemente en esta persecución. Se observa una pintura con espectros que atraviesan a la pintura y a al intento de interpretación. Nosotros mismos nos espectralizamos en la pintura y la pintura se espectraliza en nosotros. Aun después de realizada una pintura, cuando ya es “presente”, nunca podremos estar seguros de su destino, lo único que podremos decir al respecto es que podrá tener un destino indeterminado, un destino espectral, que hace que la pintura sea una creación potencialmente recreable por sus espectros.

La pintura fluye, aún después de la muerte de su creador, aún después de la muerte de su espectador, sigue. El fluir sigue aún en el olvido, en un olvido espectral. La finitud, la muerte está inscrita en lo que se pinta; la pintura fluye en un funeral del autor que se combina con el funeral de espectador.

Roland Barthes dice que el autor está muerto, pero este autor vive en este reconocimiento de su muerte, se hace presente en ausencia, para ser en realidad un autor que se espectraliza. El autor no está únicamente muerto, no está en un final, sino que el autor de una pintura es origen y final al mismo tiempo, es vida y muerte, es creación y recreación, es autor y no-autor de su propia obra, el autor es espectro. La firma como autor señala hacia la muerte, es la posibilidad de enunciar en ausencia. Intenta recuperar lo propio, pero se espectraliza en la obra misma, la firma fracasa y sólo es la huella de este fracaso. la firma en una pintura es una invocación espectral, una promesa de la contrafirma. Firma que pretende ser siempre igual, pretende confirmar, pero pone en evidencia su fracaso de con-firmarción. Al firmar se invoca al espectro. Aún si no se firma, una pintura ya contiene una firma espectral; una firma que no está presente, que enuncia su ausencia, una firma ausente que está presente. El título de una obra es espectral: nombra a la obra, pero la nombra distintamente a ella misma, ni siquiera la contiene, no puede. Solamente contribuye a este enrarecimiento como un elemento de espectro que aparece y desaparece en el proceso pictórico. El título es aparentemente una guía al espectador, pero es una guía que sólo promueve una vez más la espectralización de la pintura, se confabula en la obra para despistar al sentido y promover su propia espectralización.

La pintura es simulacro, es apariencia, en un aparecer que, como dice Raymundo Mier, emerge como velo, como lo evidente que eclipsa al ser, con un exceso de presencia para revelarlo en la ostentación de su propio derrumbe.

La espectralidad pictórica irrumpe en los residuos de la presencia, es arrancada en un tiempo y en un espacio disgregado. Incluirse en el proceso pictórico es saber que el autor es mortal, y que el espectador también lo es. Un proceso que vive y muere al mismo tiempo; hay una caída, un arrojarse a una muerte que se presenta en los bordes de la imaginación, que es una muerte viva. Este morir en vida impide la llegada de un destino garantizado, lo enrarece. La pintura se encuentra llena de destinos enrarecidos difícilmente pronosticables. El espectar es espectral, está siempre por venir, vive en lo muerto y muere en lo vivo, no encuentra el sentido jamás en la unidad, continuamente (re)aparece.