No es que no pueda decir nada, ni ver nada; sino es que no podemos decir todo, ni ver todo. El impulso de ocultar, como lo llama Paúl de Man, está inscrito en la pintura, y ese mismo impulso es lo bastante fuerte para bloquear un acceso directo a la obra. La pintura se crea y recrea a partir de metáforas y metonimias que son espectrales. Dice Nietzsche que todo acto de conocimiento es metáfora, hacemos una red de metáforas. La pintura es una metáfora de lo metafórico.
La pintura significa de manera aleatoria y arbitraria, es tan general y tan singular, tan personal e impersonal, tan viva y tan muerta, que se torna en un espectro pictórico. La pintura es muda, y el viaje interpretativo se enmudece. Los espectros pictóricos son percibidos como tales y aterran. El fracaso da miedo pero es un miedo que impulsa a su búsqueda, a su encuentro. El impulso del encuentro con lo oculto, con lo secreto toma forma en la pintura y es, a su vez, un impulso espectral, un impulso que no se puede observar con claridad. La pintura transita por el “mundo” espectralmente. Sé que está ahí pero no sé cómo encontrar ese ahí. Se busca en el proceso pictórico, se desea, pero de antemano conocemos la posibilidad del fracaso.
La pintura (re)presenta algo distinto al original. La pintura es espectro de su original, el intento mimético de representación es espectral, su propio sentido no coincide con su entidad, el sentido es enigmático, sólo deja entrever una rendija y quizá, lo importante, es intentar observar los bordes de esta pequeña rendija espectral. Caemos en el simulacro paradójico al representar la representación irrepresentable, un simulacro que a su vez es espectral. La pintura vive en un mundo de espectros, representa esta espectralidad por medio de la espectralidad misma, es decir, se representa lo oculto a partir del ocultar. La pintura es espectralización de su representación de lo espectral. Lo pictórico (re)presenta algo; en su ausencia, está separado y unido a ese algo en el juego espectral del simulacro. La pintura es una representación desdoblada sobre sí misma, es la representabilidad de la representación y, a su vez, es su irrepresentabilidad. Se forma una red de representaciones que se articula caóticamente, que se pone a distancia y en contacto consigo misma para reflejar en un tipo de representación que es secreta a ella misma. Retomando a Foucault, comentaremos que las representaciones son manifiestas e invisibles a la vez, que las cosas escapan a su verdad fundamental. El espacio de una pintura, en vez de contener, explota la representación.
Las cosas en la pintura se ven en fragmentos del sentido por sus membranas secretas, las que anuncian una presencia-ausente. Es claro que en esta serie de reflexiones ya estamos inmersos en esta espectralidad al intentar hablar de la pintura, la cual, en realidad, se esconde y sólo podemos hablar de esta capacidad de esconderse ante la búsqueda de sentido. Ni siquiera pintando podemos determinar lo espectral de lo que hemos hablado. Lo escrito no es la única limitante pues el propio acto de pintar se espectraliza al ser acto.
Se pinta con espectros, que rodean la pintura, la atraviesan, la ponen en evidencia de esta espectralización. Desde el momento en que se pinta hay incorporación espectral, hay influencias espectrales, hay un espectro reaparecido conjurado, que habita en los cuadros.

