En la actividad artística es claro que la creación es un momento único, un acontecimiento en un espacio y dentro de un tiempo único, pero la experiencia de contemplación también lo es; por lo que cualquier generalización temporal no tendrá lugar.
Sobre esta generalización Gombrich hace una clara crítica a los métodos de enseñanza del arte basados en la esquematización y en la memoria, precisamente porque intentan romper con este ser único de la experiencia artística, al diluir mediante esquemas geométricos preestablecidos en un recetario la espontaneidad. Con estos esquemas el hombre pretende autonombrarse como creador, conocedor y dueño de los objetos; cuando en realidad lo que hace un artista meramente esquemático en realidad es alejarse de las formas. Podrá existir un patrón esquemático para dibujar un árbol, pero este esquema no encontrará su representación basada en un árbol “real”, sino en un esquema de lo que pensamos que podrá ser un “árbol”. Al respecto Gombrich nos recuerda las reflexiones de Platón quien criticaba al pintor y a las imágenes creadas por él, serán sólo copias imperfectas, ya que la materia se resistirá siempre e impedirá que la idea se realice.
Cuando un artista se enfrenta con lo particular, con lo singular, con el acontecimiento, sostiene una lucha con esta tendencia de nuestras mentes a clasificar y a registrar toda nuestra experiencia como actos generalizables, cuando en realidad son actos particulares. Un exceso de confianza en el esquema puede bloquear la experiencia artística, se pueden manejar estos esquemas pero como una simple guía, nuestra percepción de alguna manera es esquemática, pero debemos tratar de superar estos esquematismos para lograr producir una imagen artística. El artista deberá “entendérselas con la experiencia visual única, que no pudo haberse previsto y nunca puede volver a ocurrir”[4].El mensaje visual del mundo tiene que ser traducido por el artista, acentuando esta singularidad del acontecimiento de la que hablábamos, por medio del azar, del accidente. Este factor accidental, se presenta al observar la obra, el contemplador puede leer esas forma accidentales, y hacer de ellas distintas interpretaciones, aunque en algún momento no tengan que ver con las interpretaciones del autor.
El contemplador debe dejarse proyectar, en un complejo proceso de interacción de interpretaciones. Al respecto. Gombrich menciona el poder de las “formas confusas” las cuales podrán lograr en el contemplador una elevación del espíritu hasta nuevas invenciones, al expandir la imagen en su estado de flexibilidad, y promover el proceso de proyección. Lo significativo de la imagen no se revela hasta tomar en cuenta el proceso del contemplador. Aquí se presenta un arte en el cual, la capacidad del artista para sugerir tiene que ser igualada por la capacidad del público para contemplar; un esbozo inacabado y rápido, como mera insinuación, es preferible a una imagen muy detallada que en realidad confunda la experiencia contemplativa. La sorpresa es preferible a al anticipación.
Pero, como establece Gombrich hay que tomar en cuenta que en toda contemplación hay un grado de proyección, y en esta proyección existe la tendencia a anticipar los significados, a no escuchar, a no mirar, a predeterminar una ilusión. En la imagen visual esto es muy importante, ya que muestran como el contexto de la acción crea las condiciones para la ilusión.

