La claridad, el color y la forma de los objetos nos permanecen relativamente constantes, esto es debido a que nuestra mente realiza reajustes constantes de nuestra percepción, como por ejemplo, cuando vamos al cine y nos sentamos en un lugar muy a un lado, en un principio vemos la imagen borrosa pero al cabo de unos minutos nuestro cerebro compensa la ubicación y entonces vemos una imagen correctamente compensada; Así pasa también con algunos cuadros que manejan en su técnica una pincelada suelta y no muy afinada, en un principio al observarlos de cerca la imagen que tendremos será una imagen borrosa, pero si nos alejamos la imagen se adaptará a nuestra nueva posición y logrará percibir las imágenes de la pintura.
Es claro que este tipo de aprendizaje podrá ir creando hábitos visuales que en algunos casos serán compartidos con la sociedad y en otros podrán ser subjetivos, llegamos ante las obras con nuestros receptores ya adaptados, esperando ciertos significados, lo que los psicólogos llaman la colocación mental. Nuestros estereotipos visuales serán un marco de partida ante cualquier interpretación. Además, como nos recuerda Gombrich, debemos tomar en cuenta que en el arte las relaciones son muy importantes y no solo las relaciones dentro de una misma obra sino sus relaciones contextuales, es decir, el lugar donde se le contempla, junto a que otras obras se encuentra, la disponibilidad del contemplador, etc. Estas relaciones siempre estarán presentes en cualquier interpretación, aunque como espectadores intentemos minimizarlas. Al respecto Emile Zola dice “el arte es un rincón de la naturaleza visto a través de un temperamento”.
Cuando observamos una imagen se presenta un proceso de carácter constructivo o reconstructivo y en esta construcción aparece una deformación que por mínima que esta sea nos presenta una “realidad” construida por nuestra mente; todo arte se origina en la mente humana, en nuestras reacciones frente al mundo, todo el arte es “conceptual”. En donde, ni la subjetividad de la visión ni el peso de las convenciones nos pueden acercar a una exactitud visual. Gombrich resalta la importancia del contexto, ya que en ciertos contextos una cosa puede representar otra completamente diferente, lo que desencadena una diferencia simbólica que cambia los significados visuales. Cuando un historiador del arte, o un crítico pretende juzgar cierta obra artística debe de tomar muy en cuenta la proyección personal que hace al contemplar la imagen y debe ser consciente de su contexto cultural y del contexto donde se generó la obra.
El contexto de lectura de una obra interfiere en su significado no es lo mismo observar una obra en un museo, a observarla en un parque artístico, el contexto cambia su significado. Podríamos sostener junto con André Malraux que el museo transforma las imágenes al establecer una categoría, una colocación mental distinta. Claro, que en la actualidad esa colocación podrá ser positiva o en algunos casos negativa, debido a la crítica que en el pensar contemporáneo se le hace al museo.

