Arte e ilusión
una relectura a E. H. Gombrich
En nuestra interpretación de las imágenes estamos obligados a buscar lo que está ahí como verdadero, forzamos nuestra interpretación a obtener un resultado “real”. Nuestra representación se presenta como misteriosa, como una figura fantasmal, en donde la ilusión esta siempre presente al proyectar nuestra “realidad” hacia lo que estamos visualizando. “Esos misteriosos fantasmas de realidad visual a los que llamamos imágenes o cuadros”[1]La imagen visual se presenta en nuestra época por todos lados y en toso momento; vemos aspectos de la “realidad” representados por la televisión o por una simple fotografía, por lo cual construimos una “realidad” a partir de otra “realidad” y la proyectamos como lo verdadero. La distinción entre lo que vemos y lo que inferimos con nuestra inteligencia se presenta como un juego en “realidad”.
La percepción ha sido un tema de cuestionamiento en la psicología, y es tiempo de que sea tomado muy en cuenta este tema por el historiador del arte, ya que las imágenes creadas son precedidas por una percepción y al mismo tiempo proponen una percepción que construirá cada contemplador.
La psicología de la percepción aparece como un problema práctico en el arte cuando se dedica a la discusión del estilo, los cambios de estilo no se basan solamente en mejoras técnicas o en desarrollo de habilidades sino que resultan de distintas maneras de percibir el mundo, la realidad se representa de maneras distintas mediante una voluntad de la forma, donde se elige una cierta manera para reconstruir la realidad que percibimos; el artista se ve enmarcado por ciertas maneras de conocer su “realidad” y esto definitivamente influirá directamente en cualquiera de sus creaciones. Además el público contemplador también tendrá una cierta manera de percibir las cosas y por lo tanto, de percibir una obra artística. Aunque, el contemplador forme parte del mismo contexto cultural y social que el del autor, la lectura será diferente. Por lo cual la posibilidad de establecer si una lectura es correcta o no lo es, es muy difícil. Gombrich a este respecto, nos dice: “La posibilidad de hacer una lectura correcta de la imagen se rige por tres variables: el código, el texto y el contexto” Por lo que, para validar una lectura o no de una obra visual tendríamos que conocer estas tres variables tanto del autor como las del espectador, pero al hacer esto, nuestras experiencias culturales también estarían en operación, por lo que nuestras limitaciones de código, texto y contexto ya estarían influenciadas por nuestro propio contexto. Esta reflexión nos indica que no podremos establecer un juicio absoluto sobre una lectura, sino que solo podemos observar el proceso interpretativo
.La interpretación se presenta hasta cierto punto ilimitada, cualquier lectura será correcta siempre y cuando se realice una lectura de los elementos de la obra visual, ya que los elementos que no se presenten en la obra, no podrán ser asegurados como parte de ella.
Al respecto Constable sugiere, que el público no tiene derecho a juzgar la veracidad de un cuadro porque su visión estará nublada por el prejuicio. Si tomamos como verdadera esta expresión de Constable entonces tendríamos que aceptar que no puede existir ningún juicio absoluto sobre ninguna obra visual, ya que cualquier juicio que hagamos tendrá contenido en el mismo el badage cultural de la persona que lo emite, ya sea un contemplador, un historiador de arte o incluso el mismo autor. La función del historiador no es la de juzgar las obras sino la de explicarlas, tomando en cuenta que esta explicación tampoco podrá ser considerada como absoluta o única.
Distintos autores han desarrollado el tema de la percepción, Gombrich da cuenta de ello y hace una reflexión en donde establece que ya se ha adquirido conciencia de la complejidad de los procesos de percepción y nadie pretende ya entenderlos completamente, además en la actualidad se está produciendo una reorientación radical de todas las ideas sobre lo que es la mente humana y sus procesos, esta reorientación deberá tomar en cuenta las reflexiones que hace Rudof Arheim sobre el arte de los niños y las ideas de Ehrenzwiig sobre la percepción inconsciente, lo que es claro es que los términos básicos que críticos y artistas han utilizado, actualmente se cuestionan.
La percepción y la ilusión se encuentran entrelazadas por nuestro propio proceso perceptivo, la percepción pretende aprehender a la “realidad” pero siempre hay algo que se le escapa, y que construye para poder ser percibido. En la visión “No aprendemos a tener percepciones sino a diferenciarlas”[2]los procesos perceptivos representan una hipótesis que siempre tendrá la posibilidad de ser en algún grado falsa. Dentro de esta percepción la problemática de la imagen visual cobra notable importancia, las conexiones en la formación de imágenes entre forma y función en el contemplador de una obra son piezas imprescindibles para poder llegar a cierta comprensión de las imágenes visuales y de cómo se procesan en el arte.
El artista sólo puede trasladar lo que ve, dentro de su medio limitado, será con su acto creativo como podrá llevar hasta el límite su expresión pero siempre estará enmarcado por su propio medio. Además la interpretación del contemplador se verá limitada por su propio medio, y por las inferencias culturales de este; al grado de que algunas sugestiones del artista nos resultan normales al percibirlas, sin darnos cuenta de que estas sugestiones implican en su desarrollo un aprendizaje previo, es decir, una educación de la visión.
Al observar una obra establecemos ciertas relaciones con nuestras experiencias visuales anteriores, la memoria visual entra en acción para poder dar sentido a la nueva imagen que se nos presenta, este sentido podrá ser falso o verdadero, pero lo que es incuestionable es que al ser espectadores siempre buscamos dar un sentido a las imágenes que observamos, los distintos manejos tonales y cromáticos del artista nos servirán para darnos pistas de este sentido enigmático de la obra. Lo que vemos es un mundo estable, construido en nuestra mente; hace falta un esfuerzo considerable para darnos cuenta de la inestabilidad que hay en lo que vemos, y de cómo se ve representado en el arte visual. Es complejo aceptar que cuando vemos un cuadro ni uno solo de los “matices corresponde a lo que llamamos realidad”[3].
La claridad, el color y la forma de los objetos nos permanecen relativamente constantes, esto es debido a que nuestra mente realiza reajustes constantes de nuestra percepción, como por ejemplo, cuando vamos al cine y nos sentamos en un lugar muy a un lado, en un principio vemos la imagen borrosa pero al cabo de unos minutos nuestro cerebro compensa la ubicación y entonces vemos una imagen correctamente compensada; Así pasa también con algunos cuadros que manejan en su técnica una pincelada suelta y no muy afinada, en un principio al observarlos de cerca la imagen que tendremos será una imagen borrosa, pero si nos alejamos la imagen se adaptará a nuestra nueva posición y logrará percibir las imágenes de la pintura.
Es claro que este tipo de aprendizaje podrá ir creando hábitos visuales que en algunos casos serán compartidos con la sociedad y en otros podrán ser subjetivos, llegamos ante las obras con nuestros receptores ya adaptados, esperando ciertos significados, lo que los psicólogos llaman la colocación mental. Nuestros estereotipos visuales serán un marco de partida ante cualquier interpretación. Además, como nos recuerda Gombrich, debemos tomar en cuenta que en el arte las relaciones son muy importantes y no solo las relaciones dentro de una misma obra sino sus relaciones contextuales, es decir, el lugar donde se le contempla, junto a que otras obras se encuentra, la disponibilidad del contemplador, etc. Estas relaciones siempre estarán presentes en cualquier interpretación, aunque como espectadores intentemos minimizarlas. Al respecto Emile Zola dice “el arte es un rincón de la naturaleza visto a través de un temperamento”.
Cuando observamos una imagen se presenta un proceso de carácter constructivo o reconstructivo y en esta construcción aparece una deformación que por mínima que esta sea nos presenta una “realidad” construida por nuestra mente; todo arte se origina en la mente humana, en nuestras reacciones frente al mundo, todo el arte es “conceptual”. En donde, ni la subjetividad de la visión ni el peso de las convenciones nos pueden acercar a una exactitud visual. Gombrich resalta la importancia del contexto, ya que en ciertos contextos una cosa puede representar otra completamente diferente, lo que desencadena una diferencia simbólica que cambia los significados visuales. Cuando un historiador del arte, o un crítico pretende juzgar cierta obra artística debe de tomar muy en cuenta la proyección personal que hace al contemplar la imagen y debe ser consciente de su contexto cultural y del contexto donde se generó la obra.
El contexto de lectura de una obra interfiere en su significado no es lo mismo observar una obra en un museo, a observarla en un parque artístico, el contexto cambia su significado. Podríamos sostener junto con André Malraux que el museo transforma las imágenes al establecer una categoría, una colocación mental distinta. Claro, que en la actualidad esa colocación podrá ser positiva o en algunos casos negativa, debido a la crítica que en el pensar contemporáneo se le hace al museo.
En la actividad artística es claro que la creación es un momento único, un acontecimiento en un espacio y dentro de un tiempo único, pero la experiencia de contemplación también lo es; por lo que cualquier generalización temporal no tendrá lugar.
Sobre esta generalización Gombrich hace una clara crítica a los métodos de enseñanza del arte basados en la esquematización y en la memoria, precisamente porque intentan romper con este ser único de la experiencia artística, al diluir mediante esquemas geométricos preestablecidos en un recetario la espontaneidad. Con estos esquemas el hombre pretende autonombrarse como creador, conocedor y dueño de los objetos; cuando en realidad lo que hace un artista meramente esquemático en realidad es alejarse de las formas. Podrá existir un patrón esquemático para dibujar un árbol, pero este esquema no encontrará su representación basada en un árbol “real”, sino en un esquema de lo que pensamos que podrá ser un “árbol”. Al respecto Gombrich nos recuerda las reflexiones de Platón quien criticaba al pintor y a las imágenes creadas por él, serán sólo copias imperfectas, ya que la materia se resistirá siempre e impedirá que la idea se realice.
Cuando un artista se enfrenta con lo particular, con lo singular, con el acontecimiento, sostiene una lucha con esta tendencia de nuestras mentes a clasificar y a registrar toda nuestra experiencia como actos generalizables, cuando en realidad son actos particulares. Un exceso de confianza en el esquema puede bloquear la experiencia artística, se pueden manejar estos esquemas pero como una simple guía, nuestra percepción de alguna manera es esquemática, pero debemos tratar de superar estos esquematismos para lograr producir una imagen artística. El artista deberá “entendérselas con la experiencia visual única, que no pudo haberse previsto y nunca puede volver a ocurrir”[4].El mensaje visual del mundo tiene que ser traducido por el artista, acentuando esta singularidad del acontecimiento de la que hablábamos, por medio del azar, del accidente. Este factor accidental, se presenta al observar la obra, el contemplador puede leer esas forma accidentales, y hacer de ellas distintas interpretaciones, aunque en algún momento no tengan que ver con las interpretaciones del autor.
El contemplador debe dejarse proyectar, en un complejo proceso de interacción de interpretaciones. Al respecto. Gombrich menciona el poder de las “formas confusas” las cuales podrán lograr en el contemplador una elevación del espíritu hasta nuevas invenciones, al expandir la imagen en su estado de flexibilidad, y promover el proceso de proyección. Lo significativo de la imagen no se revela hasta tomar en cuenta el proceso del contemplador. Aquí se presenta un arte en el cual, la capacidad del artista para sugerir tiene que ser igualada por la capacidad del público para contemplar; un esbozo inacabado y rápido, como mera insinuación, es preferible a una imagen muy detallada que en realidad confunda la experiencia contemplativa. La sorpresa es preferible a al anticipación.
Pero, como establece Gombrich hay que tomar en cuenta que en toda contemplación hay un grado de proyección, y en esta proyección existe la tendencia a anticipar los significados, a no escuchar, a no mirar, a predeterminar una ilusión. En la imagen visual esto es muy importante, ya que muestran como el contexto de la acción crea las condiciones para la ilusión.
Esta ilusión viene asistida por lo que el mismo Gombrich denomina “el principio del etcétera” que es nuestra tendencia a dar por supuesto que cuando vemos unos pocos miembros de una serie los vemos todos. Nuestra tendencia a generalizar.
Lo que es cierto, es que sin la ilusión al contemplar una imagen, muchos de los “trucos” visuales no serían aceptados, tales como la tercera dimensión, la perspectiva, etc. . Lo importante es ser conscientes de nuestra ilusión ya que estamos tan predispuestos a ellas que no nos damos cuenta de cómo operan en nuestro proceso interpretativo, al grado de que cuando se nos presenta una imagen en donde existen varias propuestas de ilusión, nos es muy difícil encontrar las demás una vez que nos dejamos sugestionar por una de ellas aunque tengamos el conocimiento de que esa forma se puede interpretar de distintas maneras. Una vez que nuestra proyección, es decir nuestra lectura queda anclada en una interpretación es muy difícil cambiarla, nuestra preimagen queda anclada y confirmada por la postimagen. Estamos tan entrenados a la anticipación de sentidos que cuando vemos una imagen que no se ajusta a nuestra lectura, establecemos relaciones, donde no encontramos una coherencia creamos un marco de referencia, y damos sentido a la imagen visual, en un proceso tan arraigado a nuestra cultura, del cual no somos conscientes.
En el arte iniciamos otorgándole la concesión al artista de que lo que hizo debe tener algún sentido, cuando a lo mejor no.“La ambigüedad, es la clave de todo el problema de la lectura de imágenes” [5] estamos tan adiestrados en el juego que no nos damos cuenta de lo ambiguo que puede ser un simple dibujo, las posibilidades de interpretación son infinitas, pero estas se ven limitadas por unas cuantas pistas que nos “informan” del sentido de la imagen visual; Nos es muy difícil distinguir entre lo que nos es dado y lo que suplimos nosotros mismos en nuestra proyección. La sugestión y la autosugestión son muy difíciles de limitar, pero están presentes en nuestra interpretación visual. La ambigüedad no puede ser vista en cuanto tal, solo nos fijamos en ella cuando tenemos la capacidad de pasar de una lectura a otra, y advertir que ambas interpretaciones son correctas.
A menudo el desconocimiento de esta ambigüedad no nos dejar saber que las formas puras, o absolutas no existen ya que cualquiera que pueda considerarse como forma pura, en realidad podrá permitir una infinidad de lecturas posibles. Como hemos observado a lo largo de este ensayo, Gombrich propone que la percepción tiene un carácter de sujeto-predicado, ver es ver algo ahí.
Esta percepción se da a partir de un aprendizaje y de la experiencia misma de la percepción. Es importante mencionar que en este punto, se opone a la escuela de Gestalt quien dice que en el pensamiento hay una tendencia innata de nuestro cerebro, a percibir ciertas cosas. Desde que el arte, se ha propuesto desmarcarse de una percepción cerrada, y ha jugado para sugerir distintas lecturas, ha sido más propositivo, y ha sido un reflejo de lo “real”. Las ilusiones del arte, reflejan lo ilusorio de nuestro entorno real, a partir de sensaciones ideadas, la mente se debate entre el arte y la realidad y encuentra un placer en la ilusión, sabemos que el arte es una ilusión, aceptamos voluntariamente la oscilación del juego entre lo ilusorio y lo real. La única manera de luchar contra esta ilusión es hacer que los indicios se contradigan, evitar que una imagen se presente como coherente, y esto se da, en el cubismo que es “el esfuerzo más radical por pisotear la ilusión y obligar a una sola lectura del cuadro”[6].
En el cubismo nuestra interpretación no puede llegar nunca a reposar, el cubismo desorienta la percepción al barajar los indicios, su función es la de ir restringiendo la gama de posibles interpretaciones. El propio arte se convierte en el instrumento con el que el creador pone a prueba la realidad de un mundo visual que es imposible de transcribir. La imagen mental es tan mítica como la imagen de la retina, y es ahí donde el artista solo puede escoger la más aproximada equivalencia. El arte “ al enseñarnos a mirar al mundo con ojos frescos, nos da la ilusión de que miramos a los invisibles reinos de la mente”.
- [7] [1] Arte e ilusión de E.H. Gombrich Pág.23
- [2] J.J. Gibson, citado por Gombrich en Arte e ilusión, Pág.38
- [3] E.H. Gombrich en Arte e ilusión, Pág. 56
- [4] Arte e ilusión de E.H. Gombrich, Pág. 160
- [5] Arte e ilusión de E.H. Gombrich, Pág. 209
- [6] Arte e ilusión de E.H. Gombrich, Pág. 246
- [7] Arte e ilusión de E.H. Gombrich, Pág. 333

